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Día de la Misión Diocesana de Cochabamba 2017.
Testimonio del sacerdote Jesús Moreno Led

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Nunca pensé en ir a Bolivia, a Cochabamba, a nuestra parroquia de Santa Mónica. El Padre, que escribe derecho con renglones torcidos, me llevó a 13.000 km. de distancia, por medio de los sacerdotes que entonces, en 1998, estaban allí. Me invitaron a dar clases de teología en la Universidad Católica Boliviana. Acepté. En enero de 2005 me quedé allí. Han sido doce años, día más, día menos. Hasta octubre de 2016. Siempre acompañado de sacerdotes de Tarazona: Raúl, Alfredo, Juan Pablo (+), José, Lorenzo, Francisco, Alejandro y Esteban (los últimos) y de Lola, nuestra actual Directora Diocesana de Cáritas (no querría olvidarme de ninguno).

Y, en estos momentos, como he hecho en otros momentos de mi vida, solo me queda pronunciar y escribir la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias. En bella expresión de la filósofa española María Zambrano. ‘Gracias’ es palabra luminosa porque nos ayuda a expresar lo que somos. Todo lo hemos recibido. Y lo hemos recibido gratis.

Es lo primero que sé, y debo decir a mi vuelta de Bolivia. Para situarme de manera auténtica ante el hecho de mi paso por Bolivia, siento que es necesario partir de ahí, de la gratuidad. No podemos poner otro fundamento que la acción de gracias ante lo recibido. Y lo quiero comunicar como primera y más importante respuesta.

‘Gracias’ es también ofrenda. Gracias no es una palabra, es una actitud constructiva y trabajadora. No se es agradecido si no se colabora, si no se intenta, a que el don aparezca en todo su esplendor y en su limpieza original. Todo compromiso en la transformación de la realidad es un acto de agradecimiento.

Gracias porque he aprendido mucho de los hermanos bolivianos y bolivianas. Algo los he conocido. He intentado respetar costumbres religiosas y ayudarles a profundizar en su genuino sentido. La alegría en su pobreza. La fe de muchos, mantenida y cultivada, aunque, a veces, pueda parecernos muy cercana a la superstición. Me han enseñado a ver que no necesitamos tanto para vivir. Y he sufrido cómo papás no tenían ni para comprar el material para el colegio de sus hijos.

He podido –hemos podido todos los que hemos estado allí- colaborar a la solución de problemas de auténtica supervivencia o de enfermedad. Siempre atentos a que no nos engañen. Aunque siempre he tenido la duda de si no tendrán ‘derecho’ a engañarnos, cuando tanto los hemos olvidado. Así lo comentaba a veces en nuestros dos grupos de Cáritas-Acción Social.

Un campo –gracia tras gracia- en el que he podido colaborar han sido los seminaristas. Clases de teología y acompañamiento en su vocación. Muchas alegrías, alguna tristeza, y siempre la amistad. A unos los he contemplado el día de su ordenación (hoy, el día en que escribo estas letras, están siendo ordenados en Potosí 6 presbíteros. ¿La primera vez tantos en Potosí? Probablemente. Y yo, hoy, con el espíritu allí). De otros he bendecido su matrimonio. Algunos, humanos como somos, los he acompañado en su abandono del ministerio.

La responsabilidad compartida, además de con los hermanos sacerdotes- con las religiosas (‘Anas’; Amor de Dios; San José de Tréveris) y los hermanos maristas. Sin ellos y ellas, imposible llegar hasta donde, humildemente, hemos llegado. Y tantos laicos y laicas con los que es posible sostener las actividades.

Nunca pensé ir a Bolivia. El Padre, que escribe derecho con renglones torcidos, me llevó hasta allí. Sólo me queda, para siempre, la palabra luminosa de la ofrenda: ¡Gracias! Y el dolor de dejar todo aquello que he vivido con ilusión durante doce años. Todo posible, en gran parte, con vuestra generosa aportación económica desde nuestra Diócesis de Tarazona.

Gracias, Bolivia, Cochabamba, hermanos y hermanas. Y la palabra, también luminosa y ofrenda: ¡Perdón!
 
 
 
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