En Cartas del Obispo, Cartas dominicales

Celebramos hoy la Ascensión del Señor a los Cielos, coincide esta solemnidad del tiempo de Pascua con la fiesta de Ntra. Sra. de Fátima y además estamos en el mes de mayo dedicado a la Santísima Virgen María.

Aunque los textos bíblicos que nos narran las Ascensión del Señor no hablan de la presencia de María en este momento  (Hechos 1,1-11 o Lucas 24,45-53), en la tradición oriental se presenta el icono de la Ascensión con la imagen que pone en lo alto, en un círculo de gloria, la imagen de Cristo y en la parte baja, los apóstoles contemplando la Ascensión, con la Virgen María que ocupa el lugar central entre los apóstoles, y los ángeles que se distinguen entre el grupo y que anuncian la última venida del Señor.

Este icono nos puede parecer una imprecisión histórica pero, en realidad, su intención es presentarnos la narración evangélica y, a la vez, introducirnos en el significado de este momento que es el principio de la presencia de su misterio en la Iglesia. Cristo es la cabeza de la Iglesia, los apóstoles son el fundamento de la misma que comienzan a recorrer desde este momento el camino de “ascensión” hasta la parusía o segunda venida del Señor

Es, por lo tanto, un icono de la Iglesia, una imagen viva de la comunidad apostólica con María, la Madre de Jesús, que ocupa, como podemos contemplar, un puesto central y ejemplar en el icono. Esta composición del icono nos invita a trascender el episodio para entrar definitivamente en el misterio. Curiosamente, en el grupo de apóstoles que vemos a la derecha, frente a Pedro, algunos iconos colocan a Pablo, que tampoco estaba presente en ese momento de la Ascensión, pero pertenece al núcleo apostólico y que predicará a Cristo como Señor exaltado a la gloria.

Por otra parte, la Ascensión nos abre el horizonte hacia la fiesta de Pentecostés, donde se dará el pleno cumplimiento a todo lo anunciado por Jesucristo. El libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 14-2, 4) nos narra cómo después de la Ascensión la comunidad se reúne en torno a María: «todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste». María se comportó en la habitación del piso alto de Jerusalén, el Cenáculo, como se había comportado en la gruta de Belén; en Belén había dado a luz al Niño Jesús, en Jerusalén criaba a la Iglesia naciente. Es, pues, la Ascensión un día mariano, además de celebrarla este año coincidiendo con la Virgen de Fátima y hacerlo en el mes de mayo.

A su vez es un día que nos impulsa a evangelizar. La Ascensión de Cristo al cielo no es el fin de su presencia entre los hombres, sino el comienzo de una nueva forma de estar en el mundo. Su presencia acompaña con signos la misión evangelizadora de sus discípulos.

Para tener este espíritu misionero, ahora también es necesario que en estos últimos días de la Pascua, hasta la fiesta de Pentecostés, todos nos sintamos unidos a María y convirtamos nuestras comunidades en un “cenáculo” que pide que el Espíritu Santo venga a nosotros y nos dé la fuerza para, con valentía, anunciar el Evangelio.

Finalmente, quiero hoy tener presentes a todos los que se dedican a la información ya que celebramos la Jornada de las Comunicaciones Sociales, pido que cumplan un servicio a la sociedad promoviendo los valores de una sana convivencia. Especialmente agradezco en nombre de todos, el trabajo que los medios dependientes de las diócesis de Aragón nos prestan y que colaboran en la evangelización.

Con todo afecto os bendigo.

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

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