En Los salmos
Dichoso el hombre”
Tú, Señor, me has llamado a la existencia para que sea feliz, plenamente feliz. Mi felicidad es tu preocupación, tu obsesión. Parece que el que yo crezca, el que yo madure y me realice como persona es algo que te interesa a ti más que a mí. Gracias, Señor, porque me empujas, desde dentro, a vivir en plenitud.
“Su gozo es la ley del Señor”
Tu ley, Señor, es tu voluntad. Por ser tuya yo la amo y la guardo en mi corazón.
“Noche y día”.
Es un manjar delicioso para mi boca y un remanso de paz para mi inquieto corazón.
“Será como un árbol plantado al borde de la acequia”
Yo no quiero ser paja que se lleva el viento. No quiero ser una persona superficial, voluble, floja. Quiero ser árbol bien plantado: con hojas verdes, con flores, con frutos sazonados. Quiero dar una buena sombra a tantas personas que se acercan a mí con problemas pidiendo una ayuda, un consejo. Y, sobre todo, quiero dar frutos sazonados de amor concreto y eficaz a mis hermanos Por eso necesito hundir mis raíces en la acequia de tu amor.
“El Señor protege el camino de los justos”
Tengo la inmensa suerte de no caminar solo. Vienes, Señor, conmigo, como una luz mañanera que, a medida que avanza el día, se va extendiendo hasta abrazarlo todo con su presencia. Yo me siento envuelto en esa luz. Y me siento asombrado por el derroche de ternura que pones a mi alrededor. Yo hoy necesito darte gracias como el árbol se las da al aire, al viento y al agua.

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