En Cartas dominicales

Queridos hermanos y amigos:

Este año coincide la fiesta de la Presentación del Señor con el domingo. Al ser una de las solemnidades del Señor precede a la celebración del domingo. Por otra parte, en este día se celebra cada año, desde 1997, la Jornada de la Vida Consagrada, instituida por san Juan Pablo II. Esta solemnidad del Señor tiene, a su vez, un sentido mariano, ya que no sólo celebramos la Presentación del Señor en el templo, a los cuarenta días de su nacimiento, también recordamos, según establecía la ley del Antiguo Testamento, la Purificación de la madre, María. De hecho, en muchos lugares, popularmente, se conoce la fiesta de hoy, como la Candelaria o la Virgen de la Candelaria.

Este año se ha querido subrayar, en la Jornada de la Vida Consagrada, este aspecto mariano de la solemnidad que hoy celebramos. Por ello, el lema de esta Jornada es: “La vida consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente”. Los obispos que formamos la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, en el mensaje de este año, explicamos por qué se ha elegido este sentido mariano de la Jornada: “La persona de especial consagración, con su palabra, con su acción, pero sobre todo con su propia vida, es testigo y anuncio de esa esperanza. Y lo será en tanto en cuanto aprenda de María y con María, Madre de la Esperanza, a esperar solo en Dios”.

Dos realidades se unen en esta Jornada y en su lema: María y la esperanza. En el mensaje, al que hacía referencia antes, los obispos lo explicamos así: “Cuando rezamos la popular oración del Acordaos, le decimos a la Virgen que jamás se ha oído decir que fuese de Ella abandonado ninguno de cuantos han acudido a su amparo, reclamado su protección e implorado su auxilio. Y en la Salve nos dirigimos a Ella como ‘Esperanza nuestra’. María esperó siempre en Dios, y ahora Ella nos enseña a esperar. Las personas que viven una especial consagración a Dios están especialmente llamadas a ser, con María, maestras y testigos de la esperanza”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la esperanza “es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (n. 1817). El Catecismo, nos dice también, que “El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (n. 1818).

María vivió preservada del egoísmo y entregada totalmente al servicio y la caridad. En el Evangelio se nos presentan todas estas actitudes de María: María acudió rápidamente a ayudar a su anciana prima Isabel en los últimos meses de su embarazo. María cuidó y educó a Jesús. María estuvo al lado de su Hijo en su Pasión y muerte en la cruz. Tras la muerte de Jesús, María acompañó y consoló a los Apóstoles, alentando la esperanza en la Resurrección y en la venida del Espíritu Santo.

Podemos decir que en la vida consagrada vemos reflejadas todas estas actitudes de María. Manos que como las de la Virgen se tienden siempre en la ayuda generosa de los que sufren y de esta forma ser convierten en testimonio y fuente de esperanza.

Los consagrados nos debemos convertir y ser, como concluimos los obispos en el mensaje de esta Jornada en aquellos que “debemos anticipar el Reino ya en este mundo, mediante nuestras obras buenas, y nuestra caridad, fe y esperanza. Solo así seremos para los demás ‘estrellas de esperanza’, como nos enseñó Benedicto XVI.

Oremos hoy especialmente por todos los consagrados y pidamos que muchos escuchen esta llamada que Dios hace a realizar a través de la entrega de su vida un testimonio de esperanza.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

 

 

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

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