En Cartas del Obispo, Cartas dominicales

Queridos hermanos y amigos:

Comencé el domingo pasado el comentario del mensaje del papa Francisco para esta Cuaresma, hoy quiero seguir con la reflexión sobre este documento. Los dos últimos puntos de este mensaje cuaresmal se centran en deseo de Dios de entablar un diálogo con sus hijos que somos nosotros y, por último, que este encuentro con Dios nos conduzca a abrir nuestro corazón a la generosidad.

La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos. La Iglesia nos invita en este tiempo de Cuaresma a plantearnos aquellas cosas que debemos cambiar en nuestra vida, aquello que nos impide un encuentro con el Señor y con los hermanos. En definitiva, a despertar de nuestro sopor espiritual. Es lo que señala el Papa: “El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra”.

Dios nos vuelve, por lo tanto, a llamar y a que podamos superar el mal que muchas veces hay en nosotros o nos rodea: “A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros”.

En este tiempo de Cuaresma se hace presente la realidad de la Cruz de Cristo, especialmente cuando meditamos su Pasión o rezamos el Via Crucis. La Cruz es un signo del amor de Dios, entregado por la humanidad y es, a la vez, un signo de victoria sobre el mal, es lo que el Papa nos invita a reflexionar en esta Cuaresma: “En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta “poner a Dios contra Dios”, como dijo el papa Benedicto XVI (cf. Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48)”.

Es importante, por lo tanto, que contemplando el misterio de la Cruz establezcamos ese diálogo interior con Dios; que nos preguntemos qué debemos cambiar de nuestra vida, qué mal debemos vencer, qué perdón debemos otorgar de corazón a aquellos que nos han herido, qué perdón debo pedir a aquellos que he ofendido o no he atendido convenientemente. Este diálogo y la fuerza que recibiremos del amor de Dios, nos darán la verdadera paz del corazón.

Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo. Al recibir esta paz que da el diálogo con el Señor, necesariamente, nuestro corazón se abrirá también a la generosidad. Si hemos conocido el amor de Dios, si este amor ha tocado lo más profundo de nuestros ser, nuestra vida se convierte en fuente de amor y, como dice Francisco: “Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría”.

Nos ayuda, por lo tanto, a compartir. Es importante que como fruto de nuestro encuentro con Dios en la Cuaresma volvamos a recordar, como nos dice el Papa que: “Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo”; y todo ello porque: “Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo”.

Que este mensaje del Papa para esta Cuaresma nos ayude a todos a vivirla de un modo fructuoso.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

 

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

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