En Cartas del Obispo, Cartas dominicales

Queridos hermanos y amigos:

El Evangelio de este domingo (Juan 4, 5-42) nos presenta el encuentro de Jesús con la Samaritana en el pozo de Sicar. Todo comienza con la petición que Jesús hace a aquella mujer para que le dé agua porque es mediodía y tiene sed. Hoy en día, esta petición no nos llama la atención, pero en aquel momento histórico es algo que extrañó e, incluso, sorprendió.

En la época de Jesús los judíos despreciaban a los samaritanos, los samaritanos eran una raza híbrida entre israelitas y paganos. Eran judíos que habían renunciado a su fe y a la alianza para mezclarse con pueblos paganos. Esto conllevaba que ni tan siquiera querían pasar por su tierra, dando un rodeo, si era necesario pasar por allí al hacer un viaje.

Por otra parte, era una mujer y las reglas sociales de la época no permitían a los hombres hablar con mujeres desconocidas, sobre todo si su marido no estaba presente; además, que la samaritana estuviera en el pozo al mediodía y sola, sugiere que no tenía buena reputación entre las mujeres de su pueblo.

Con ella, va a entablar un diálogo que cambiará su vida para siempre. En esta Cuaresma que escuchamos este texto del Evangelio de san Juan, también nosotros podemos entrar en esta escena y descubrir lo que Jesús nos sigue ofreciendo, como aquel día le ofreció a aquella mujer.

Nos habla de un agua que calma la sed. Una sed que nos es solo la sed material y la necesidad de beber agua para calmarla. Es la sed de la humanidad que busca algo que sacie lo más profundo de su ser. Un agua viva que brota del corazón y que llena de sentido toda la existencia.

El corazón del hombre tiene una medida inmensa porque está hecho por Dios y sólo Él lo puede llenar. Para llenarlo en su plenitud, buscamos en tantas cosas algo que lo llene y lo llene de plenitud, pero nada lo puede colmar. Es lo que san Agustín descubre: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

En una catequesis del papa emérito Benedicto XVI, explicaba esta frase: “En la conclusión de la carta apostólica Augustinum Hipponensem Juan Pablo II quiso preguntar al mismo santo qué podía decir a los hombres de hoy y responde sobre todo con las palabras que Agustín confió en una carta dictada poco después de su conversión: «Me parece que se debe llevar a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad» (Epistulae, 1, 1); esa verdad que es Cristo, Dios verdadero, a quien se dirige una de las oraciones más hermosas y famosas de las Confesiones (X, 27, 38): «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas, yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abrásame en tu paz».

 En este tiempo de Cuaresma debemos pedir esta agua que calma la sed, el encuentro con Cristo que llene de sentido nuestra existencia, como llenó la existencia de la Samaritana y de san Agustín.

 

Con todo afecto os saludo y bendigo.

                                       + Eusebio Hernández Sola, OAR

                                               Obispo de Tarazona

 

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