En Cartas dominicales

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

A lo largo de la Cuaresma, la pandemia que padece el mundo nos ha sumido en una larga travesía por “el desierto del duelo”, ante la pérdida de miles de vidas y la incertidumbre en las economías familiares y nacionales.

Desde el confinamiento hemos tenido la sensación de estar en medio de una noche larga, en medio de una primavera imparable, pero teñida de incertidumbre y miedos. La luz de los colores del cielo, el trino de los pájaros, el silencio y la explosión de la naturaleza nos estaban hablando de lo que volvía a renacer, pero sin posibilidades de palparlo y contemplarlo de cerca.

Al mismo tiempo, todo el drama que estamos viviendo nos ayuda a tomar conciencia de que “la humanidad”, la fe en la humanidad y la fe en el Dios que la ha creado y redimido, sigue siendo el ancla de nuestra esperanza, el mejor y más seguro patrimonio para nuestra vida.

Durante estas semanas estamos asistiendo a una eclosión de solidaridad al comprobar el heroísmo diario de tantas personas, el sacrificio de tanta gente arriesgando la vida por sus semejantes.

En palabras del Papa Francisco: “Mirad los verdaderos héroes que salen a la luz estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentiros llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo a gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones: ¡Sí al amor!”.

Y todas estas vivencias, emociones y experiencias nuevas, nos han conducido a la Pascua que da sentido y aclara el horizonte de nuestro futuro ahora y en la eternidad.

Por eso esta Pascua ha de resonar en nuestros corazones de manera especial. Abracemos a Jesús resucitado para abrazar la esperanza que no  defrauda.

El fruto de la Pascua este año llevará el nombre de “fiesta del reencuentro” en los abrazos y el deseo de retomar lo cotidiano, que ahora saborearemos de otra manera. Tras el ayuno forzoso, el desierto florecerá y nos habrá enseñado algo, espero que, a cuidar mejor del jardín de nuestras relaciones humanas y sus vínculos, en todos los sentidos. A cuidar mejor nuestra relación también con la naturaleza y sus habitantes. Sin dejar a nadie atrás. Porque nadie queda fuera de la esfera de influencia del Amor Resucitado y resucitador.

La vida cotidiana con sus tensiones continuará donde la dejamos antes de toda esta crisis cuyos efectos aún permanecerán. Aunque el poso que deja en nosotros condiciona el modo que ahora tenemos para situarnos en la vida. En medio del sufrimiento que nos está golpeando, tampoco podemos seguir siendo los mismos creyentes.

La fe no nos amortigua el dolor, pero en la Resurrección de Jesús, nos dejamos salvar, confirmamos la esperanza y nos comprometemos con la caridad.

Cuántos profesionales y voluntarios estas semanas han puesto rostro a la belleza de la donación, de la entrega, del amor aún arriesgando la propia vida.

Este domingo, madre de todos los domingos, es el día primero, la nueva creación ha comenzado en el Resucitado y nosotros somos sus beneficiarios.

Hemos de celebrar la capacidad humana de resistir y de resurgir, de superarnos tras la adversidad, hemos de pasar de beneficiarios a benefactores, proactivos a favor del bien, constructores de la cultura de la vida, la civilización del amor.

Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.

Esta ha sido siempre la convicción profunda de todos sus seguidores, desde aquel primer grupo de los apóstoles que al principio no acababan de creer las palabras del ángel que habló a las mujeres, que habían acudido temprano al sepulcro: “No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”(Mt 28,6-7).

 

Después fue el propio Jesús el que salió al encuentro de las mujeres invitándolas a alegrarse y reiterándoles el encargo: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”  (Mt 28, 10).

Si vivimos convencidos de Jesús y su Evangelio, no podemos quedarnos quietos, daremos testimonio como exigencia de la propia fe, no sólo con palabras, sino con nuestra propia vida.

El “vía crucis” del viernes es ahora el “vía lucis” del Domingo de Pascua. Y nuestra vida está llamada a llevar luz allí donde encontramos una cruz, personal o colectiva, al igual que lo han hecho y lo siguen haciendo tantas personas en estos momentos. Sin duda, signo evidente de que el Espíritu de Jesús Resucitado está presente en los corazones de los seres humanos y, que en estos días, ha hecho posible sacar lo mejor de nosotros mismos por el bien de los demás.

Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza… y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy, «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

Queridos hermanos esta fortaleza no debe decaer ni flaquear. Cristo es el Señor del tiempo y en Él, cada día es una Pascua, con Jesús cada día estamos pasando de la muerte a la vida. El Espíritu consolador es derramado en todas las almas que lo esperan.

Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido.

Aparentemente nada ha cambiado, pero todo es nuevo, todo está lleno de una energía vital de la fuerza divina del Resucitado. Sigamos al Maestro y cargaremos las cruces de cada día, pero con la certeza de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. En Pascua su amor encendido nos mantiene en ascuas. Que el tiempo y la rutina no apaguen ese fuego.

“Miremos a Aquel que fue “levantado” por nosotros en la cruz. Adorémoslo. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna. Después de tres días resucitaré, predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!”.(Cantalamessa)

Junto a cada uno de nosotros estará siempre María, como estuvo presente entre los Apóstoles, temerosos y desorientados en el momento de la prueba. Teniendo su misma fe Ella os mostrará, más allá de la noche del mundo, la aurora de la resurrección.

Que Santa María de la Huerta ruegue ante el Señor por esta Iglesia de Tarazona, que tanto la quiere.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

¡ALELUYA!

 

+Eusebio Hernández Sola, OAR
  Obispo de Tarazona

 

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