En Cartas dominicales

Queridos hermanos y amigos:

Vamos a celebrar la fiesta del Corpus Christi, Día de la Caridad, y este año lo hacemos en un contexto social y eclesial muy particular. Lo hacemos en plena desescalada de la pandemia del COVID-19. Una pandemia que hemos sufrido ya en sus dolorosas consecuencias de muertes y pérdidas, de triste soledad y desesperanza, y que seguimos sufriendo, cada día más, en sus graves consecuencias psicológicas, sociales y económicas, pues esta pandemia no solo nos está dejando dolorosas muertes, sino que está provocando además una grave crisis económica y social.

En este contexto, la fiesta del Corpus tan arraigada en nuestros pueblos y ciudades, tan solemnemente celebrada no sólo en las Iglesias, sino también en nuestras plazas y calles, no va a ser igual. Por más que se nos diga que estamos volviendo a la normalidad, nuestras celebraciones van a ser diferentes. Sin entrar en detalles que pueden ser muy distintos en cada comunidad, me atrevo a decir que nuestras celebraciones perderán mucho de su habitual solemnidad. Sin embargo, aunque pierdan solemnidad en sus rituales y manifestaciones externas, estoy convencido de que pueden ganar en la profundidad. Y a esto os animo en la fiesta del Corpus en este año de pandemia.

Se nos ha recordado muchas veces en este tiempo la importancia de prescindir de lo secundario y salvar lo esencial. A esto quiero invitaros también yo en nuestra celebración cristiana del Corpus: a relativizar este año los aspectos más periféricos y formales de la fiesta y a recuperar y vivir intensamente lo más profundo, lo esencial de lo que significa para nosotros la presencia del Señor en la Eucaristía.

1.- Celebremos la presencia viva de Dios en el sufrimiento humano.

Hemos vivido momentos de mucho dolor y sufrimiento. Personas que mueren solas, sin las caricias del afecto, sin que nadie de los suyos pueda acompañarlas, sin despedidas ni velatorios. El virus nos ha hecho sentir a todos vulnerables, nos ha enfrentado a la realidad cierta de la muerte y nos ha hecho preguntarnos dónde está Dios entre tanto sufrimiento.

Y quiero recordaros que cada vez que celebramos la Eucaristía o contemplamos a Jesús sacramentado, hacemos memoria de que el Señor está compartiendo nuestro destino y asumiendo nuestra misma muerte. Como dice Carlos María Galli, Jesús “no vino a explicar el dolor, sino a llenarlo de su presencia…En la cruz, Dios está en el crucificado. Allí nos sentimos acompañados por el Dios que ama la vida y no quiere pandemias que hagan sufrir.” Por eso, ante el sacramento de la Eucaristía, en el himno eucarístico que suena en todas nuestras comunidades, los cristianos cantamos “Dios está aquí”. Es esta una dimensión esencial de la Eucaristía: Celebrar la Eucaristía es celebrar la presencia viva del Señor que nos acompaña siempre, en el dolor y en el amor.

2.- Celebremos que junto a su presencia en la Eucaristía Dios nos ha dejado otro gran sacramento de su presencia.

Esta identificación del Señor con el sufrimiento del hombre es tal que podemos descubrir su rostro vivo y presente en el rostro de cada pobre y de todo ser humano que sufre. Así nos lo recuerda la Comisión Episcopal de Pastoral Social en el documento La Iglesia y los pobres: “Podríamos decir que Jesús nos dejó como dos sacramentos de su presencia: uno, sacramental, al interior de la comunidad: la Eucaristía; y el otro existencial, en el barrio y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de sida, en los ancianos abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos… Allí está Jesús con una presencia dramática y urgente, llamándonos desde lejos para que nos aproximemos, nos hagamos prójimos del Señor”.

Dios está aquí”. Está en la Eucaristía y está con una presencia “dramática y urgente” llamándonos en las víctimas de la pandemia: en los que no pueden mantener su pequeña empresa, en los que no pueden abrir su pequeño negocio, en los que se han quedado sin empleo, en los que no tienen qué comer, en los pobres que piden ayuda en nuestras Cáritas y en las puertas de nuestras Iglesias. Cuando esto se entiende, se comprende la propuesta que gustaba hacer San Vicente de Paúl: “Dejar a Dios por Dios”, dejar a Dios en la Eucaristía para amar y servir a Dios en el pobre.

3.- Celebremos en la Eucaristía la presencia viva de Jesús y de todos los que con él ofrecemos nuestra vida para la vida del mundo.

La Eucaristía es el sacramento que nos dejó Jesús como memorial de su vida entregada. La presencia de Jesús en la Eucaristía no es una presencia muerta, pasiva, es una presencia viva, dinámica, activa. Después de dar a los suyos su “cuerpo entregado” y su “sangre derramada” les dijo: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19).  Así, cada vez que celebramos la Eucaristía renovamos y actualizamos la vida entregada de Jesús. De ahí que, como dice Benedicto XVI, participar en la Eucaristía es “implicarnos en la dinámica de su entrega”.

Dios está aquí”. Aquí está Jesús entregando su vida. Y aquí están todos los que ofrecen con Él su vida al servicio de los otros: los médicos, enfermeros, capellanes, personal administrativo y de servicio de los hospitales; los trabajadores, los empresarios, los servidores públicos, los padres y madres de familia, los sacerdotes, los religiosos y religiosas; aquí están todos aquellos que ofrecen y arriesgan su vida para que otros puedan vivir y vivir con dignidad.

4.- Celebremos en la Eucaristía la presencia del Resucitado, compañero de camino que alienta nuestra esperanza y nos sienta con él a la mesa.

Recordando el pasaje evangélico de Jesús acompañando en el camino a los discípulos de Emaús que desilusionados van de vuelta hacia su casa, los obispos de la Subcomisión Episcopal de Acción Caritativa y Social, en su mensaje para el Día de la Caridad, nos hacen una llamada a la esperanza con estas palabras: “En la solemnidad del Corpus Christi, el Señor, compadecido de nuestra enfermedad pandémica, de nuestra desesperanza y soledad, nos invita a encontrarnos con Él en el camino y a sentarnos a comer a su mesa. Espera así que, unidos a Él, nos convirtamos en testigos de la fe, forjadores de esperanza, promotores de fraternidad y constructores de solidaridad en medio de esta situación tan dolorosa”.

Pues este es también mi deseo y mi invitación: Que el Señor Jesús, que “está aquí”, en el sacramento de la Eucaristía, acompañándonos en el sufrimiento, haciéndose presente en las víctimas de la pandemia y en todos los que con Él ofrecen su vida en favor de los otros, nos acompañe en el camino de la fe y nos ayude a ser constructores de solidaridad y testigos de esperanza.

En este día, pues, en el que celebramos el Día de la Caridad quiero expresar mi gratitud a todos los voluntarios de Cáritas, que en este tiempo de confinamiento y de desescalada habéis y seguís estando al pie del cañón atendiendo las necesidades de los más vulnerables. Gracias también a todos los donantes de Cáritas, que, con su asistencia, su escucha y su proximidad a los que sufren saben estar cerca de quien lo está? pasando mal.

Así nuestro culto a la Eucaristía será más verdadero, irá a lo esencial, y haremos más creíble el Evangelio.

Que nuestra Madre, la Virgen María, la mujer que llevó en sus entrañas al mismo Jesús y que fue su primer sagrario, nos ayude a serlo a nosotros siendo expresión de la caridad.

Os saludo y bendigo de todo corazón queridos hermanos y amigos.

+ Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazon

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